Lo que no se lee… Said Dokins mural Entropía

 LO QUE NO SE LEE…

 

Dokins y Dominguez. 28 abril 2019. Foto: N. del Río

Trabajo en progreso. 30 abril 2019. Foto: N. del Río

Trabajo en progreso. 6 mayo 2019. Foto: N. del Río

Said. 6 mayo 2019. Foto: N. del Río

En los grafitis de Said Dokins, (México D.F, 1983) el protagonista es lo que no se lee.


En el muro, cualquier de sus muros, pero en este caso ibicenco, Entropía, realizado entre abril y mayo 2019,para el Bloop International Proactive Art Festival de Ibiza, no se lee el texto, la desmaterialización de la letra gótica lo impide. Esta deconstrucción de la letra gótica inglesa entraña distintas expresiones de rebeldía, es un alarde de liberación del colonialismo que la letra gótica implica…, pero también de la semántica, libera al signo del significado, de la dictadura del papel, del tamaño reducido, del espacio privado, es en realidad, un acto contestatario en toda regla.


Dentro de las variantes del grafiti, podemos definir a Dokins como calígrafo, su formación le ha llevado a estudiar la caligrafía medieval y tres años, la japonesa, Shodō, que significa “el camino de la escritura” y que se ha convertido para este calígrafo callejero en su forma de expresión “outdoor”; pero no única, videos, curatorias, fotografías e instalaciones jalonan su quehacer artístico “indoor” como podemos ver en su extenso currículum.


En Entropía, se ve una caligrafía elegante, ilegible, rota pero a la vez expresiva. Se intuye una reflexión. Pero el idioma del artista, su intención, su declaración de principios no se lee, porque no le interesa hablar de si mismo, sino que se inspira con ideas ajenas. Lo escrito se alimenta de las aportaciones advenedizas, resulta Dokins así un juglar, un contador de historias, a través de los comentarios de los vecinos de los lugares públicos donde interviene; por ejemplo, las palabras propuestas por un grupo de niños que definían Ibiza en el mural del Colegio Sa Graduada, en Historias de una palabra, o de las redes sociales como sucede en Entropía.


Los conceptos quedan borrados, queda alguna pista pero enredada, deconstruida. Es como un recuerdo desdibujado de nuestra memoria, una huella. Un puente que nos conecta con nuestro subconsciente. Sabemos leer pero paradójicamente no entendemos su orden o su significado, vemos signos pero no comprendemos. Es como darle una oportunidad a los textos olvidados, borrados, desorganizados de nuestra memoria, por ello deshace la letra, encripta las palabras, formando parte de nuestro universo simbólico, es una parte de los que somos, nuestros recuerdos, por lo que el valor semántico desaparece.


A través del gesto, la acción, trasciende la cualidad significativa y la propiedad pública. Se convierte en un trazo artístico y a la vez, en una acción personal. Los límites entre el yo y el nosotros, lo público y lo privado se diluyen. Al pintar la fachada de un edificio hace público lo privado, es una intervención en un espacio público para poseer ese espacio, para apropiarse a través de sus gestos, como se apropia el coche del espacio para aparcar en la calle, una posesión efímera, el grafiti está dispuesto para que sea odiado o admirado… forma parte del universo simbólico de los habitantes y visitantes de la ciudad, los límites se diluyen, como las letras. Entramos en la semiótica del arte urbano. Arte de la calle, para todas las edades y los gustos, convencido como está que las palabras tienen que salir fuera del papel para colocarlas en calles, a la vista de todo.

Tampoco se lee en Dokins la herencia estética precolombina, desde los colores elegidos: rojo tezóntle, azul, dorado, plata… hasta el uso del Chalchihuite, símbolo del renacer, del ciclo, del agua y por ende, del orden irrumpido, el caos inducido y vuelta a surgir el orden… su muro es una secuencia de un orden espiral, superpuesto, contrapuesto… símbolo de nuestro aprendizaje.


Con Entropía se ha modificado los perfiles de la ciudad, la entrada de Ibiza, una de ellas, en la calle Mallorca es diferente, está presente el grafiti de Dokins, arte efímero y callejero, ilegible y cómplice, forma parte ya de nuestras vidas para ser odiado o admirado, entendido o recordado.

Source: Nuria del Rio

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